jueves, 11 de febrero de 2021

El sueño del escondite, de Emilio Soler


 

Juego al escondite

con mis amantes,

juego a que me encuentren

y no estoy;

juego a aparecer

cuando no me buscan,

juego a ser, a veces,

quien no soy.

Les presento la primera estrofa de “El sueño del escondite”, uno de los cuarenta y siete poemas que integran El sueño del escondite, del autor Emilio Soler, publicado por La Fea Burguesía en septiembre de 2020.

En los agradecimientos, Emilio Soler nos cuenta que dedica el poemario a todas las mujeres que han estado en su vida, literalmente: “a aquellas que amé y me amaron; a las que no supe amar y tanto me dieron; a aquellas que vieron en mis pupilas parte de ese universo reluciente que buscaban [] A esa mujer que conformaron todas y cada una de ellas”. Es, por tanto, el amor uno de los ingredientes principales de este suculento volumen en el que el poeta se despoja de todo aquello que resta de piel para afuera y sale de su “escondite” (paradójico escondite de tempestad y de calma) desnudo, vulnerable y con el alma por bandera.

No nos muestra en sus líneas la figura de un enamorado gozoso (su “gozo es un pozo/ cubierto de sal) y satisfecho, sino más bien la de un hombre de carne y hueso desvelado por la incertidumbre y la zozobra, azuzado por las sombras de lo que pudo ser y no fue. El poeta convierte su desasosiego y su miedo en nubes negras y en tormenta: “y nada es nada si en el alma/ se avecinan nubes negras” (“Se avecina tormenta”). Canta “a la luna quejosas nanas/ de hambre y cebolla, de mar y sal” (“Escondiendo palabras”) y se refugia en el sueño para deshacerse del frío y de las sombras: “Escribo mejor mientras duermo/ vuelo libre y no estoy despierto” (“Mientras duermo”). Un alma pesarosa por el transcurrir del tiempo que, en “Mayoría de edad” nos dice: “Me hago mayor/ envejezco por momentos”. Una voz poética que traduce su pena y su amargura en un bello y profundo “Llanto oscuro” (quizá el que más he sentido del poemario; será que estoy en horas bajas):

El llanto oscuro que mana

de dentro,

de lo más profundo del alma,

no calla,

aunque no se oiga”


Afortunadamente, entre tantas horas grises despunta de cuando en cuanto una luz jubilosa y le ofrece a su interlocutora, femenina y etérea “Luz y alegría/ de mi lagar;/ néctar libado/ de bienestar” (“Quieres mis versos”). Sueña y se ensueña con preciosas imágenes de “El mar, el mar, el mar...”: “Quietud en movimiento,/ sonoro, dulce, salino”, incluso “En el metro”: “el mar en calma es mi playa”. Con recuerdos de caricias, de besos y de sonrisas. Con serenidad y aplomo diluye su dolor en versos breves de mensaje profundo, ritmo y sonoridad muy agradables. Se redime de sí mismo dejando salir a borbotones su caudal de temores y recuerdos amargos para dejarnos, al final de la obra, un sabor dulce de luminosidad y esperanza:


Pronto, muy pronto volaré

y no podrás alcanzarme.

Surcaré cielos y océanos,

valles y altas montañas,

ríos de limpio cristal

donde lavar mi cara

y contemplar mi reflejo

sin miedo alguno a lo que hay detrás”


Ay, quién pudiese deshacer el miedo, el silencio y la pena en versos tan hermosos como los suyos.



martes, 9 de febrero de 2021

Palimpsesto azul, de Rosario Guarino


 

Quiero ver en tus ojos

la alborada,

que con la luz me llegue

tu sonido,

que me tejas de besos

un vestido

y me pinte los labios

tu mirada.

Comienzo con la primera estrofa de “Simbiosis”, el poema que encabeza la obra y que marca, en mi opinión, el significado general del volumen que tenemos entre manos, Palimpsesto azul, de Rosario Guarino, publicado por Raspabook en 2015 en segunda edición. Aunque ya el título da al lector una idea bastante aproximada de a qué se enfrenta. Un palimpsesto no es otra cosa que un manuscrito en el que se ha borrado (raspando o de algún otro modo) el texto original para volver a escribir un texto nuevo. La vida de todos nosotros es ese palimpsesto, en el que borramos (o lo intentamos) experiencias, recuerdos, emociones y los sustituimos por otros conforme van apareciendo. Reconozco que a veces esos acontecimientos, reales o imaginados, dejan una huella perenne en nuestro manuscrito que, por más esfuerzo que pongamos, no somos capaces de eliminar. Palimpsesto azul. El azul es un color imbuido de magia; alude al cielo y al mar; en el Antiguo Egipto era el color de la verdad. En India, representa el amor del Maestro que enseña a los hombres (la piel de Krishna es azul). Para los afortunados gnósticos que pueden ver auras, el amor azul es el más profundo e inmortal de todos. Así, a través de sus bellas palabras (debimos sospecharlo al leer las palabras de Antígona en la cita inicial: “No fui creada para compartir odio, sino amor”), el manuscrito poético de la autora se va reescribiendo con líneas preñadas de (des)amor (al final son lo mismo, solo cambia el resultado), del “más impune de los sentimientos humanos y al mismo tiempo el más ajeno al entendimiento” (no sé si habré leído alguna vez afirmación más cierta). También de amagos de olvido, de tristeza, de melancolía, y de una esperanza voluntariosa. Si esas líneas vienen de la experiencia objetiva o simplemente de la imaginación lo desconozco, pero no se desvían un milímetro del centro de la diana emocional en la que nos convierte la obra, al menos de la mía.

No pretendo desarrollar aquí un análisis académico ni riguroso de la obra pues, en primer lugar, carezco de las herramientas (el análisis poético nunca fue lo mío y la métrica devino tortura) y, además, no creo que aporte mucho en este contexto. Solo quiero plasmar lo que el poemario me sugiere, lo que pienso, lo que experimento, lo que imagino al leerlo por segunda vez. Confieso que, de primeras, anoche lo devoré, tal vez sintiendo demasiado, y esta tarde he vuelto a él con más mesura y he sacado algunas conclusiones. Si volvemos a la cabecera de esta entrada, observaremos que un “quiero” es la palabra que inaugura el primer poema, “Simbiosis” y, si continuamos leyendo, página tras página nos daremos cuenta de que son el verbo “querer”, de forma explícita o implícita, y con el modo imperativo (“quédate”, “no me abandones”, “no me dejes”) los que rigen el poemario. Por un lado, deducimos entonces que nos hallamos ante un anhelo, ante un deseo, ante el ansia de poseer y ser poseído por el otro. Por otro lado, el uso constante del imperativo evoca una inevitable voluntad de la voz poética de amar y de que la amen. Tampoco puede soslayarse la presencia continua de besos, miradas, caricias, pieles y voces añoradas. El amor es a la vez el fuego que le enciende la piel y el alma y la lluvia que se derrama y se filtra hasta sus entrañas. Asistimos a poemas repletos de belleza e intensidad, tanto en los clímax como en los anticlímax, a versos breves (libres, creo, aunque alguno me ha recordado a un soneto), habitados sin duda por la ternura, la candidez y la sensibilidad más femeninas. Percibimos en la obra una mirada íntima y una voz que combina el lenguaje culto (con una profusión de reminiscencias grecolatinas en referencias a poetas, deidades, criaturas mitólogicas, mitos, temas clásicos como el Carpe Diem...) con el coloquial. Coexisten en ella el mundo clásico de Horacio y Ovidio, el mundo mítico de Troya y de Penélope, y el mundo cotidiano de Escarlata O'Hara y Lady Di. Contrastes, matices, connotaciones que enriquecen aún más el tema complejísimo en torno al que giran los versos, crónicas de un olvido anunciado (“Carpe Diem”, p.26-27), de una duda indeleble (“lo que tal vez nunca fue/ ni quizá ya jamás/ podrá llamarse tuyo”) que, sin embargo, ultiman en una línea de esperanza: “tejiendo minutos con horas/ ese nostos que a mí te devuelva”. Reverbera en mis oídos (entiéndase con sinestesia, por favor) la voz de una mujer que ansía que el amor del hombre la haga vibrar de emoción, de pasión en el poema “De carne y piedra” (“cuando logró en el mármol/ sentir latir la sangre/ y sus manos hallaron/ en la materia inerte/ el calor de la vida”, p.29), la entrega total de “Abandono”, la inocencia y el erotismo a un tiempo en “Añoranza”, y la melancolía de una Penélope destinada a la espera eterna en “Ausencia a la luz de la luna” o “La espera”. Galopa el corazón con los versos sencillos y directos de “Pequeños placeres”: “Me gusta que me hables”, “y pensar que me piensas también”, “Me gusta saber que ocurrió y que existes”.

Sin embargo, hay en este volumen un poema para el que no tengo palabras, solo emoción (quizá injustamente) desbocada. Su título es “Figuraciones” y os lo traslado íntegro porque no puedo explicarlo de otro modo:

Fuente de fuego ardiente,

ígnea roca de lava,

mar profundo y oscuro

de insondable misterio,

tanto como la luna,

con su tapiz de estrellas.


Unicornio con alas,

centauro sobre ruedad,

te quieros imposibles,

urdimbres de ceniza.

 

Hermosas imágenes las de esta obra. ¿A quién no le ha temblado el pulso imaginando a dos “amantes abrazados en confusión proteica”?

lunes, 8 de febrero de 2021

Cuentos para viajes propulsados, de Rocío la Pequeña


"Cuentos para viajes propulsados es un libro de cuentos para adultos que narran y acompañan, desde el cariño, al aprendizaje de algunas situaciones cotidianas en las que el miedo, la resiliencia, el afán de cambio y la consciencia, nos hacen salir de nuestra zona de confort y viajar por el universo para seguir creciendo".

Comparto el texto que figura en la contraportada Cuentos para viajes propulsados (Ediciones Dokusou, 2020), de Rocío la Pequeña) porque considero que transmite de manera precisa y rotunda la esencia de este libro maravilloso que ha conseguido ponerme muchas sonrisas en la cara y que ha aliviado el peso de mi corazón estos días que son un poco grises. 

A todos nos encantaban los cuentos cuando éramos niños (a algunos todavía nos gustan a pesar de haber arrancado ya muchas hojas del calendario) y nos poníamos en la piel de príncipes, princesas, animalitos desvalidos y otros personajes entrañables (a mí siempre me dijeron que era rara, porque empatizaba con las brujas y los lobos, sobre todo con el de Caperucita). Ahora, obras preciosas como esta dan la oportunidad a los adultos y a las adolescentes eternas (como yo) de disfrutar los cuentos desde una perspectiva diferente. Cuentos para viajes propulsados es una hermosa colección de ocho relatos cuyas protagonistas, con nombres y atributos femeninos, han de enfrentarse a diversas situaciones que las harán evolucionar y desarrollarse, como personas primero y como mujeres después. Sí, son mujeres, pero sus dilemas, sus cruces de caminos, sus motivaciones y sus emociones son universales. Algunas luchan contra sus circunstancias o contra los convencionalismos para ser quienes quieren ser. Eva se percata de que, sin darse cuenta, ha perdido una parte de sí misma. Vega mira a su Miedo a los ojos, lo saca a pasear y le enseña quién manda (yo de mayor quiero ser Vega, porque anda que no es difícil). Se cuentan a ellas mismas, se dejan llevar y lo consiguen. Mi favorita es, sin duda, Lili, valiente como ella sola para escoger el camino por donde seguir, aunque el destino al que la conduce sea incierto (ay, quién pudiera escoger el camino azul...).

Rocío la Pequeña acompaña los cuentos con unas ilustraciones muy personales, delicadas y potentes a la vez. Azul, rojo, negro y gris son la seña de identidad de sus mujeres de cuerpo redondito y mejillas destacadas que aportan al conjunto de la obra fuerza y mucha valentía. Las combina con un lenguaje sencillo, asequible y directo, pero con guiños muy tiernos cuyo recuerdo me hace sonreír. En realidad, más que cuentos, son píldoras de luz, o así lo siento yo al menos.


domingo, 7 de febrero de 2021

Cuentos eróticos de andar por casa. Con voz de mujer, de VV. AA.


 Por unos minutos de placer,

Canela se condena toda la vida.

Así reza la solapa de la contraportada de Cuentos eróticos de andar por casa, que ostenta el importante subtítulo de Con voz de mujer. Pero, ¿quién es Canela y a qué se condena? Canela es el alter ego de la locutora de radio y televisión, presentadora, organizadora de eventos y poeta (y algunas cosas más) María José Navarro. Canela se conoce y me conoce (aunque su alter ego y yo hayamos coincidido únicamente un par de veces). Por motivos diversos, en numerosas ocasiones las turbulencias que comparte en redes son las mías propias. No negaré que ese ha sido uno de los motivos que ha despertado mi interés en la obra que nos ocupa. Y tampoco negaré que su lectura ha sido agradable, provocadora, estimulante en todos los sentidos y que me ha venido como anillo al dedo para ciertos asuntos de índole personal. ¿A qué se condenará Candela?, me pregunto, y presiento que conozco la respuesta.

Empezaré pidiendo disculpas a las co-autoras de la obra por no haber seguido las instrucciones de la “Guía del lector” al pie de la letra, omitiendo el máximo de dos relatos por sesión (ay, no se me da muy bien eso de ser obediente y los he leído todos en dos días). Pero, por lo demás, he cumplido. Cuatro gotas de Aire Loco de Loewe (mi perfume favorito), el aftereight en helado, el chocolate, los auriculares y la cama de mi despacho me han acompañado en el proceso.

Para empezar, la estructura de la obra ya es absolutamente deleitosa. Hablamos de treinta y cinco piezas compuestas por los siguientes elementos: un código QR que, tras pulsar un par de teclas en el móvil (casi todos los dispositivos cuentan ya con scanner de QR), lleva al lector a escuchar la canción sugerida (con bastante tino, por cierto) para crear ambiente y agudizar la sensibilidad; un delicioso acróstico (bellísimo en forma y fondo) que nace de las iniciales de un nombre de mujer, y a partir de ahí vuela poderoso y mágico desencadenando alborotos varios; una ilustración magnífica que realza la plasticidad del conjunto y evoca, con mayor o menor simbolismo, la esencia de una mujer real, de una mujer de verdad absolutamente ajena a cánones y demás servilismos cosméticos (o al menos así las percibo yo); y, por último, un breve relato en clave femenina, con hermosa voz de mujer en primera persona cuyo nombre de pila coincide con las iniciales del acróstico. Nos hallamos, pues, frente a treinta y cinco mujeres distintas, de edades diferentes y situaciones de lo más variopinto, cuyo nexo común es que narran al lector su actitud, sus vivencias, su experiencia en las lides del placer sexual. Relatos construidos desde un estilo coloquial, fresco, directo, elemental y eficaz, alejado de artificios literarios. Humor e ironía en muchas de las páginas, algo de tristeza y grisura en alguno de los finales, pero siempre una sonrisa de complicidad al sentirme identificada con uno u otro aspecto de la vida de estas mujeres, tan ficcionales como verosímiles, en uno u otro momento de mi vida. Desde los iniciales “¿Y tanto misterio para esto?”, “¿Y esto dicen que es maravilloso?”, “A ver si acaba pronto que ponga la secadora”, hasta: “Dios, esto no lo puedo controlar”, “no quiero pensar, solo sentir”.

Recuerdo con precisión casi milimétrica (y han pasado ya casi trece años) el momento en que el sexo se convirtió, para mí, de un mero convencionalismo (para el que era necesario tener pareja, por supuesto) consistente en unos repetitivos ejercicios mecánicos y epidérmicos, en un verdadero placer. Preguntas acerca de dónde me gustaba que me acariciaran, que cómo me gustaba que me lo hicieran, y otras cosas para las que no tenía respuesta pues, hasta entonces, no me las había tenido que plantear. Me recuerdo irritada porque yo no quería pensar, solo sentir, pero también me acuerdo de cómo aprendí, de los pasos que di, de la primera vez que sentí deseo. Leer y sentir esta obra me ha abierto el baúl de la memoria, y ha venido a recordarme que mi deseo y mi placer son míos, aunque me guste compartirlos, y que ante nadie he de justificarme. Ahora lo sé. Y deseo (y mucho). Y sé a qué se condena Canela, e imagino por qué lo hace.

sábado, 6 de febrero de 2021

La otra historia. Un libro para sorprenderse, de VV. AA.

...que el mundo es sorprendente,
que la cultura es diversa,
que siempre aporta más de lo que recibe,
que es solidaria,
que hay mucho talento en el sureste
y que la generosidad tampoco escasea.

Una de las cosas que más aprecio desde que era niña es que me sorprendan (en positivo, entiéndase bien) y que me ilustren acerca de temas sobre los que no sé prácticamente nada (que son muchos, por lo que las posibilidades son infinitas). Si, además, puedo aunar sorpresa y aprendizaje con mi mayor vicio confesable, la lectura, el escenario es ya de lo más prometedor. Si encima colaboro en cierta medida con un proyecto solidario destinado a fomentar la lectura entre los sectores más vulnerables, ¿qué más puedo pedir?

Pues todo eso precisamente se conjuga cuando una pasea serena, con los ojos y la mente bien abiertos, por las páginas de La otra historia. Un libro para sorprenderse, una obra solidaria integrada por treinta y tres artículos de divulgación aportados, editados y distribuidos de manera completamente altruista por autores, editores y gestores, cuyos beneficios van dedicados íntegramente a repartir esa justicia social que tanto parece escasear en estos tiempos, concretamente a la compra de lectores de libros electrónicos para mantener los clubes de lectura inclusivos que impulsa la ONG Solidarios para el Desarrollo. Artículos escritos con solvencia por parte de treinta y tres figuras relacionadas de uno u otro modo con la cultura de nuestra región y que abarcan temáticas diversas desde un enfoque lúdico a veces, didáctico en su mayoría. 

La obra se abre con un interesante texto sobre la enigmática historia de parafilia romántica de un (parece ser) conocido radiólogo alemán. A partir de ahí, se desgrana todo un abanico de anécdotas, acontecimientos, formas de ver la vida, biografías de personajes conocidos o no tanto, inventos o patentes, historia, literatura, música, geografía y otros tantos asuntos cuya relevancia radica no solamente en los objetos de estudio, sino también en las reflexiones que indefectiblemente surgen durante la lectura y, con toda probabilidad, en momentos posteriores a la misma. De todos ellos me queda la satisfacción de haber aprendido algo que no sabía (no es difícil, ya lo he dicho, pues cada día soy más devota del planteamiento cartesiano y solo sé que no sé nada), pero destacaría quizá la magnífica reflexión de José de Paco acerca de "Cine y revisionismo" (ay de los ofendiditos que buscan la ofensa con la descontextualización por bandera), el artículo titulado "De fronteras, medianeras y otros dominios" (José Antonio García Ayala me ha dejado, francamente, con la boca abierta por la información que aporta), el relato de cómo "García Lorca dibujó su muerte" (cuando sepan quién es el autor no tendrán ni que preguntarse por qué)... y paro el carro porque esto se está haciendo tremendamente largo. 

Resumiendo, una oportunidad inmejorable para conjugar lectura, aprendizaje y justicia social, de la mano de Pedro Quílez, la Asociación Palin de Creadores y Ediciones Dokusou.

domingo, 31 de enero de 2021

Un hombre solo, de Pascual García

Amó lo prohibido y castigado fue por ello

porque se pagan todos los errores,

los de la carne y los del alma, todos

con soledad y con desprecio,

y ahora, sentado en una silla en el balcón

de la casa solitaria y oscura

donde fue confinado, piensa en ella

y admite su culpa de hombre ciego

que amó lo prohibido

y entregó su paz a cambio.

Es inevitable comenzar a hablar de la última obra de Pascual García, Un hombre solo (La Fea Burguesía, 2021) con los versos, íntegros, de “Pecado original”, la pieza que, a modo de flecha lacerante, abre este poemario de exquisita factura y esencia intimísima de un autor que nos demuestra, ahora más que nunca, que literatura y vida son para él una misma cosa. Un poemario lleno de dolor, de desgarro, de recuerdos amargos, pero también de valentía, de resiliencia, de lucidez y de la brisa limpia de la esperanza.

Pascual García estructura los sesenta poemas que componen el volumen en tres partes simétricas (de 20 poemas cada una, aunque quizá los de la primera parte sean comparativamente más extensos que los dispuestos en las dos posteriores) que marcarían tres ciclos diferentes en ese calendario de soledades, penumbras y vacíos que nos presenta como una suerte de diario de un hombre que recibe de repente el zarpazo de su soledad sola al entrar en una casa extraña y debe encontrar el camino de vuelta desde el infierno de las sombras hasta la paz que le otorgue la luz.

El primer ciclo aparece bajo el título de “Último anochecer de agosto”. Es la etapa más cruel, más descarnada de su viaje. En ella, el profundo dolor que lo atormenta sofoca cualquier sonido procedente del exterior, sumiéndolo en un silencio feroz solo roto por las notas de Mozart de cuando en cuando. “Le duele el tiempo que ya no suena”, “las horas han perdido su música de siempre”, nos cuenta el poeta en “Diario de un hombre solo” (p.20), y que “las voces que escucha/están en su cabeza solo”. En el mismo poema, uno de los más representativos del ciclo, nos confiesa también que la penumbra y la oscuridad le ganan cada segundo la batalla a la luz: “y la luz se esfuma...”, “come con la tristeza de la luz caída”. Nos habla de soledad, de miedo, de destierro (“Nadie en el cuarto de al lado”, p.22). El tiempo se torna obsesión, como muestran las continuas referencias temporales a las horas, los días (sobre todo a “Los días iguales”, p.36-37), el día o la noche, los meses y los años, las estaciones: “son iguales las horas y los panes/las sábanas de invierno y el otoño” (p.22). “Que no llegaba nunca”, “Compañía”, “Desnudos pero ajenos”, “Un lecho de piedra”, son los títulos de algunos de los poemas que contribuyen a crear y a perpetuar la atmósfera sombría, cruel y dolorosa de este primer ciclo, que se abre con “Pecado original” y nos entrega, quizá, la cifra del sufrimiento del vate: la culpa. No es difícil averiguarlo cuando se comprueba que el término “culpa” aparece ni más ni menos que 20 veces a lo largo del poemario, seguido de “condena” (14 veces), “castigo” (13 veces) y “error”(8 veces). Suerte que la palabra “perdón” aparece 8... Sin embargo, me gustaría destacar también la honestidad y la valentía del poeta en los versos iniciales de “El amor no pasa nunca” (p. 25):

“Tengo el amor de mi mano derecha

porque el amor no pasa nunca, dice

San Pablo, y en la mañana, turgente

me saluda mi sexo solitario

fiel a su cita con mi mano...”

(Honesto, valiente y grandioso, sí señor.)

La segunda etapa en su almanaque de redención la marcan los poemas agrupados bajo el título de “Mediodía en octubre”. Aquí encontramos ya a un hombre distinto, doliente aún pero más consciente de sí mismo, gracias a la reflexión y al diálogo constantes con el pasado, con el presente, con el amor, y consigo mismo.

“Durante muchos días ha pensado

el hombre en sí mismo, ha discutido

con él y con los espectros que fueron

sus fantasmas nocturnos, pues estuvo

solo y habló en voz alta...” (“Sumario”, p.65)

“Fracaso postergado”, “El poder de las sombras”, “Viene el amor de la memoria”, o “Brindis”, por seleccionar unos cuantos ejemplos, nos narran ya un periodo donde el miedo (que también es débil) le va cediendo paso a la esperanza y al consuelo, y la memoria muta de castigo doloroso a refugio cálido. Porque “había aprendido a estar en calma” (“Un año”, p.74-75) y que quizá toda la culpa no fuera suya (“Absolución”, p.67) y, aunque experimenta aún breves periodos de zozobra donde no percibe “nada salvo un tiempo vacío y homicida” (“El buque fantasma”, p.69), ya no es un extraño en su entorno (“Amanecer”, p.72-73) y ya le pertenece su casa en “La calle de los hombres libres” (p.78).

El tercer ciclo en su metamorfosis de hombre solo y triste en hombre solo y libre lo conforman los poemas auspiciados bajo el epígrafe “Amanece en diciembre”. Son estos versos ya más dulces, más cálidos, testigos de la “Travesía” (p. 96-98) del poeta por los mares de la resiliencia hasta alcanzar las costas de la “Salvación” (p. 94) en el mes de “Diciembre” (p.83-84). El hombre enfoca el futuro, solo pero libre, con mirada sosegada, pues su proceso de aprendizaje le ha valido estar ya “reconciliado con su destino y con su vieja culpa” (“Redención”, p.106), ha alcanzado su propio “perdón puro” y “ha cambiado el frío de las noches/ por las plazas pobladas de la vida” (“Su perdón puro”, p.85) y se ha encontrado a sí mismo en su soledad:

“De repente el hombre encontró su centro

visitó las estancias que ignoraba,

se internó en novedosos aposentos

y visitó lugares apartados.

Fue en esos sitios otro hombre, nuevo...” (“Otros días”, p.86)

El poeta y el hombre celebran ya con más ahínco (en realidad nunca dejaron de hacerlo) el amor y los placeres de la carne (“...pues el amor/ se da a manos llenas y no lo para/ nada, no es una quimera ni vuelve/ su rostro dulce a la carne gozosa”, nos dice en “A manos llenas”, p.91-92). El poemario no podía terminar mejor, y el broche final es del todo amable y optimista, pues el volumen inicia en el silencio más descarnado y acaba con la esperanza del poeta mientras “Silba una canción” (p.113): “es casi primavera y amanece/ y no va solo porque lleva siempre consigo/ una palabra amable y misteriosa”.

Honestamente, todo un alivio para el lector que acabe así, ya que durante la primera parte hemos sufrido junto a Pascual García versos que duelen y desarman (“se sienta solo/ en su sofá de nadie”, p.20; “y estaba el café amargo y las tostadas/ sabían a carbón y a noche”, p.28; “mientras naufraga en un lecho de piedra/ vasto como la mar y solitario”, p.40) y que el poeta crea sin usar más palabras que las necesarias. Una verdadera joya de poemario donde el tiempo, la culpa, el silencio, la luz y la ausencia de ella son los protagonistas, junto a nuestro estimado autor. 

Y para acabar esta entrada tan larga, os dejo uno de los poemas que más ... (a vuestra imaginación lo dejo). Si lo véis desde la versión sencilla para móvil, probablemente no aparezca el vídeo; por eso, aquí os dejo el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=MRY7ChNMTOQ




 

 






sábado, 30 de enero de 2021

Algunos libros que leí despacio. Textos críticos, de Pascual García

... siempre un libro me ha hecho compañía, me ha quitado el sueño, me ha devuelto el sueño, me ha ocupado las horas de ocio, de la desgana, de la espera y de la soledad.

Ese secreto a voces nos confiesa Pascual García en "Leer", la suerte de introducción que hace a su obra Algunos libros que leí despacio. En el prólogo de la misma, el catedrático Francisco Javier Díez de Revenga afirma que "para escribir un libro como este hay que estar dotado de una gran capacidad para saber transmitir la emoción ante la obra literaria, y hay que disponer de un estilo personal, de un idioma propio, claro y preciso, a la hora de escribir lo que estas impresiones han supuesto para el autor". Queda claro que a Pascual García le sobra el talento para transmitir su pasión por la literatura, y que su idioma particular se articula en torno a una combinación de aciertos que resultan, por un lado, en la nitidez y en la asequibilidad y, por otro, en la belleza y en la brillantez más irrefutables.

Pluma de primera independientemente del género en el que se muestre, y lector avezado, sensible e inteligentísimo, Pascual García nos ofrece en Algunos libros que leí despacio 67 textos críticos en los que analiza de forma rigurosa, precisa y didáctica algunas de las obras que han enriquecido su universo literario. Nos regala, y digo bien, nos regala, porque no hay precio que pueda pagarlo, el privilegio de asomarnos con sus ojos a esas 67 ventanas cuyas vistas conforman el paisaje literario del que se ha nutrido como escritor y como persona. Su catálogo es amplio y variado en género, y contempla autores internacionales como Ismail Kadaré, Vargas Llosa o Benedetti, escritores nacionales de la talla de Muñoz Molina, y literatos de nuestra región de distinta proyección en el ámbito de las letras. Dionisia García, Aurora Saura, su estimado Pedro García Montalvo, Antonio Marín Albalate... y muchos otros nombres componen su particular lista de lecturas apreciadas. Comentar los que más poso me han dejado haría esta entrada interminable, pero no puedo sustraerme de mencionar los dos ventanales luminosos en los que nos ilustra con sus soberbias impresiones sobre Las grietas del infierno y Anillo de Moebius, de Rubén Castillo (es mi debilidad, lo sé, y no pienso disculparme por ello) del que afirma: "es un escritor poderoso, dueño de un mundo narrativo propio, donde la palabra cobra una importancia y una dimensión inusuales...". Ay, esos insólitos momentos donde el placer aparece por partida doble.

Además de deleitarnos con la palabra de Pascual y ampliar nuestros horizontes como lectores, Algunos libros que leí despacio nos ofrece la singular oportunidad de aventurarnos y sacar conclusiones acerca de los aspectos que más motivan a nuestro valioso Pascual. Su afición a la poesía y al verbo lírico no será a estas alturas ninguna sorpresa. A esto podríamos sumar su gusto por lo universal, por lo que huye del terruño, por la reflexión serena y sin aspavientos, por la dialéctica que se establece entre lo novedoso y lo clásico, entre lo elegíaco y lo celebratorio. Su interés por asuntos tan trascendentales como la fugacidad del tiempo y el paraíso perdido de la memoria. Pero, por encima de todo y si no ando muy errada, a Pascual le apasiona que le cuenten el mundo tal como es, sin edulcorarlo ni soslayar las tinieblas, por lo que valora enormemente la honestidad, la verdad literaria. 

Sus letras también merecen ser leídas despacio, a sorbitos, ser paladeadas y gozadas con el mayor de los deleites.

El sueño del escondite, de Emilio Soler

  Juego al escondite con mis amantes, juego a que me encuentren y no estoy; juego a aparecer cuando no me buscan, juego a ser, a ve...